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Quedarse
embarazada a los cuarenta es, ya de por sí, una
difícil decisión. Pero si, además, hay que sumarle las
subidas y bajadas hormonales, cual montaña rusa emocional,
un marido «adorable» que insiste en llamarte «gordita»
cada día, un hijo adolescente propio más una hija ajena,
un trabajo full time en el que hay que demostrar que la
tripa no es incompatible con las neuronas y unas empleadas
de hogar empeñadas en abandonarte cada mes, sobrellevar
los nueve meses se convierte en una misión imposible.
En esta divertidísima novela, Marta Robles rompe
moldes, los típicos y tópicos del embarazo, y nos
demuestra, una vez más, que a una mujer, a los cuarenta,
aún le queda mucha guerra que dar.
«10 de
julio» Horror, horror y más horror, ¡me han empezado las
náuseas! Rítmicas, constantes, diarias, ahí están ellas de
día y de noche. No las recordaba... Es más, yo creo que de
joven ni las padecí, ¿o sí? ¡Si es que no me acuerdo!, ¡si
es que han pasado mil años desde entonces!, ¡si es que ya
soy otra muchísimo mayor...!»
«Estoy
atacada con lo de no encontrar a nadie para trabajar en
casa, pero más aún con las discusiones constantes con
Jaime. No sé qué nos pasa. Él dice que estoy muy sensible.
Y yo creo que está usando lo del embarazo como
habitualmente utiliza la regla. Lo de siempre: Los hombres
piensan que las mujeres nos lo inventamos todo, que jamás
nos pasa nada, que, en definitiva, todo se debe a nuestras
menstruaciones o a nuestra falta de ellas, y ya está. Lo
peor del caso es que me da por pensar que si estamos así
ahora, qué va a ser de nosotros cuando nazca el bebé. Para
empezar, ¿encontraré quien me lo cuide bien? Porque yo no
quiero encerrarme a su lado y convertirme en una mamá de
esas que sólo hablan de biberones y caquitas de bebé. Yo
espero seguir pudiendo trabajar igual que ahora y que mi
empresa siga valorándome lo mismo. Si no, ¡me muero!»
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